Cuento de Michael Natib

Ilustración: @drownedboy


Estrés, tiempo en el chat perdido, trabajo virtual… Los tres temas anteriores se evidencian en el relato Recibido de Michael Natib ( @michael_natib ). “Recibido” es el botón de los emails en el trabajo y es ahí, en esas horas, donde un mensaje del jefe puede ocasionar un despido general. ¿Cómo salir de la rutina del mundo virtual cuando está frente a nosotros?

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Recibido

Para Camila Q., quien me contó esta historia.

Pasan 15 minutos, media hora y Camila sigue sin internet. Como la tradición lo impone, intenta solucionar la falla apagando el módem y encendiéndolo a los 20 segundos. Insiste, ampliando el tiempo para prenderlo, ilusionada con que eso solucione todo. Como nada funciona llama al servicio al cliente de su operador. —Para continuar con el menú principal marque 3—, dice el asistente virtual. 3, presiona. Después marca 2 para el servicio de internet hogar. El aire está cargado de inconvenientes: su celular sin datos, sus repetidos problemas de conexión en casa y los mugidos de la calle que, entre ladridos, sirenas y una voz por altoparlante que anuncia la venta de mazamorra con leche y panela, le impiden escuchar lo que dice el asistente virtual. Por eso oye todas las opciones, de las que solo le sirve la última: —Para repetir el menú anterior marque 9—. Entonces, analiza cada una de las repetidas opciones y con la rabia que le produce la demora del trámite, pero con el cuidado que le exige el riesgo de equivocarse, hunde su dedo con fuerza, oprimiendo 1 para el soporte técnico.

Camila trabaja virtualmente. En su computador le instalaron Time Doctor Plus, un programa de monitoreo que sigue todas sus acciones: cuántos minutos mueve el cursor, qué páginas visita, cuáles son las teclas que más usa. Gracias al programa se sabe que la palabra que más utiliza es “recibido”. Ese es el origen de su preocupación, pues la enfermera jefe ya le llamó la atención por no responder los mensajes de manera inmediata: —Debes ser consciente de la importancia de tu trabajo y lo mejor es que estos errores no sean reiterativos porque podrían finalizarte el contrato—. Esa es la frase que subyace en todos sus miedos “finalización de contrato”. Por eso decide no contestar la llamada que le está entrando de su jefe. Teme estar a una llamada de pertenecer a la pandilla más grande de la ciudad: la pandilla de los desempleados, por ahora prefiere la doble militancia entre las pandillas de explotados y endeudados. Aún sin internet, mueve el cursor y carga una y otra vez la página de gestión de servicio. f5, f5, f5.

El operador le solicita todos sus datos para verificarlos. Le pide que le cuente cuál es el problema y fingiendo entender la urgencia de ella le solicita apagar el módem y prenderlo a los 20 segundos. Camila, de nuevo, practicando aquel rito, espera que esta vez tenga un desenlace diferente. Incluso decide esperar 30 segundos; sin embargo, el internet no vuelve. Son las 11:09 a.m. y como esto no funciona, el asistente le dice que va a verificar si en el sector hay algún daño a nivel general. Ella, con un tono que da espacio a la desesperación, responde: —Bueno, pero que no me dejen esperando como siempre—.

Cuando él regresa le ofrece disculpas por la demora, le aclara que no hay ningún daño en la zona y que entonces procederá a reconfigurar el módem. Percibiendo la mezquindad que se asoma entre las palabras de Camila no encuentra otra manera de distender la conversación que diciéndole a la desconocida: — Permítame un segundo—, y antes de que ella responda le da play a Spanish Flea, de Herb Alpert, cuya trompeta termina ahogando al eco de un fulgurante hijueputa que se disuelve entre la atmósfera que encierran aquellas cuatro paredes, dejándola con la única compañía de las groserías que le atraviesan la garganta y le incendian todo el pecho.

—¡Hijueputa internet!

Luego de ponerle fin a la música él le consulta el estado de las luces del módem. Ella responde: —Sí, las cuatro están verdes—. Finalmente, después de casi una hora, Camila tiene internet. Equilibrando el tránsito del mal genio a la desesperación da las gracias y se dispone a colgar; no obstante, él le pide responder una encuesta. La vida laboral está hecha de encuestas. Ella se deja embaucar, pero a la par abre su navegador y carga los mensajes de gestión de servicio:

10:19 a.m.: Ingresa menor de 3 meses a clínica con un cuadro de 3 días de evolución, con rinorrea, disminución del apetito, fiebre no cuantificada.

10:29 a.m.: Se ingresa a observación, se toman signos vitales, spo2 85 % ta: 80/60 fc 120 rpm, se inicia oxígeno suplementario por cánula nasal a 2 litros, toman paraclínicos y se evidencia cuadro hemático con leucocitos y respiración con tirajes subcostales.

10:41 a.m.: Se diagnostica menor con una infección respiratoria, ingresa al servicio de urgencias con neumonía secundaria e infección respiratoria por virus sincitial respiratorio.

10:52 a.m.: El bebé no muestra mejoría. Se da inicio a trámite de remisión por alto riesgo de deterioro respiratorio. Requiere manejo en unidad de cuidado intensivo.

11:02 a.m.: Se requiere con urgencia la remisión. Se solicita información del trámite.

11:08 a.m.: Por favor, es urgente el trámite. ¡Urgente!

Doblegada por la ausencia Camila prioriza hacer presencia a través de un mensaje y a las 11:17 a.m. escribe: —Recibido—. No ha terminado de leer los mensajes por resolver la encuesta, hábito que adquirió con este trabajo, pues sus usuarios también deben diligenciar una encuesta de satisfacción al cliente. Cuando el asistente virtual le pregunta: —De una escala del 1 al 9, ¿qué tan satisfecha está hoy con el servicio de atención al cliente? —. Ella marca 9, ilusionada con que ese gesto coseche una buena puntuación por parte del usuario que la ha estado esperando desde las 10:19 a.m.

Sobre el autor:


Michael Natib

@michael_natib

Misólogo clásico de la Universidad Nacional de Colombia. Catedrático del Samber. Doctor honoris causa de la vagancia. Diletante del vivir. Flâneur profesional. Conquistador de lo inútil.

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