Ilustración: Edward Higuera

Texto: Fabian Lievano

Avanzada la noche, a más de cien millas por hora, se desliza en el camino un Ford Mustang del 69; va domando al potro un joven cuyo rostro se nota envejecido por las pesadillas nocturnas y las experiencias diurnas. Su estéreo a todo volumen le da una atmósfera impredecible a la noche cuando el reloj en su vaivén frenético, confuso y desgarrador marca las 12. El camino es curvo y desafiante, pero él, sin titubeos ni frío y sin pizca de duda, remonta esas montañas como todo un experto. El cenicero lleno hasta el tope y una botella de vodka vuelan desde la ventanilla hasta chocar con un árbol desprovisto de verdes hojas, las cuales, en viejos tiempos, los habían visto tomados de la mano observando las nubes.

Incluso a esa velocidad, con ese volumen y con las agujas del vodka clavándose cada vez más profundo en el interior de su hígado, pensaba en esa figura, en esas manos frías que en un minuto le dieron más calor que cualquier día en la playa a las orillas del denso y confuso océano. Cada segundo pisaba con más fuerza el acelerador, su sangre corría más rápido por su torrente, su corazón latía como solo lo hacía al hacer el amor con ella, sus manos estaban temblorosas, pues la vieja carrocería no podía aguantar tanto como cuando era un joven pedazo de aluminio, eso le parecía muy similar a su situación, aunque su carrocería no superara los veinte años. Se detuvo en una gasolinera donde tantas veces había comprado comida y llenado el tanque en sus viajes de improviso con su enemigo público número uno: esa mujer.

Bajó del automóvil, envuelto en una chaqueta de jean con el cabello alborotado por el viento que cruzaba violento y decidido como un tornado, atravesó Kansas sin dejar más que miseria a su paso, entró en el autoservicio para comprar comida, un paquete de cigarrillos y una botella de whisky.

—Necesito ver una identificación.

—¿Aparento ser muy joven?— dijo respirando profundo como si fuese una verdadera ofensa.

—Solo es rutina.

Tomó sus cosas y las puso en el asiento trasero donde aún sonaba el estéreo a alto volumen, decidido a no detenerse en un buen rato, se esmeró por orinar en la esquina de la tienda. Cuando escuchó esa voz como un viento frío, esa niebla gris con olor a durazno imposible de ignorar, giró su cabeza rápidamente con la mísera esperanza de un torturado, esperando el momento final, pues era imposible que ella apareciera, menos después de lo ocurrido. Esta peculiar presunción le obligó a tomar el teléfono público y uno a uno digitar con la mano temblorosa, y la voz aún más, esos dígitos que tenía grabados desde hace mucho en su cabeza, siempre a falta de buena memoria.

—¿Dónde estás?— sonó al otro lado de la línea una voz apagada entre ronca y preocupada.

—Déjame saludar, al menos, estoy en camino.

—Otra vez piensas huir…— responde furibunda la voz misteriosa.

Al escuchar esto sus rodillas se doblan como hechas de papel y el teléfono resbala de sus manos como si fuesen hielo. 

—¿Hola?— se oye una y otra vez mientras él trata de recuperar su sentido de orientación, lo cual no resulta posible hasta que vuelve a poner en marcha el motor de su auto.

Empieza a dar sorbo tras sorbo de esa botella color carmesí de whisky sin marca y mientras sube la profundidad de sus sorbos, el pie derecho se va encariñando más con el acelerador hasta llevarlo a fondo; conduce por horas sin una sola pizca de resignación y sin siquiera mirar el retrovisor. Detiene su marcha rondando las 2 a.m. en un sitio desolado donde solo se puede ver un letrero a medio iluminar que dice “Burdel Ruta 8”, entra con el último sorbo de su botella, el cual drena dentro de su garganta justo cuando se para en el umbral de la puerta. Da unos segundos de ventaja al ardor de sus tripas, las cuales se despojan de la antigua decencia a las que ella las tenía acostumbradas. Analiza atentamente el sitio y sus gentes, no más que un desfile atroz de mujeres, una más fea y desnuda que la anterior y en cuanto a los clientes, no esperan más que unos centavos en cada bolsillo. Avanza con su botella bien agarrada por la boca para imitar un arma que no tendrá miedo de usar, pues no es que sea nuevo en el asunto.

—¿Qué le sirvo?— dice una voz masculina que proviene de la barra.

—Una cerveza fría, por favor. 

—¿Quiere alguna mujer para la noche?

—¿Asegura que son mujeres?

—Siempre es buena una sorpresa— dice la montaña de tatuajes y cicatrices, mientras sirve la cerveza en un vaso, que en el mejor de los casos calificaría como asqueroso.

—No, gracias, solo la cerveza.

Toma su cerveza con resignación evocando el camino que lo condujo a este maltrecho lugar donde se limita la línea invisible entre la repugnancia y el placer. No le queda más remedio que pensar sobre lo ocurrido en ese bar donde sin contemplación atacó con su botella a un pervertido que quiso aprovecharse de su mujer, lo cual no estaba mal en ningún aspecto; el problema fue cuando su víctima decidió vestirse con un smoking de madera tres metros bajo tierra, como siempre lo deseó al verlo cruzar la puerta del bar, probablemente acusado de homicidio con  la policía pisando sus talones. No podía volver por ella, quien quedó desolada llorando en una mesa de ese bar sin saber qué decir o incluso sin querer decir nada después de que la naturaleza destructiva de su amante se expresara desde el fondo de su bilis como un Mr. Hyde capaz de apagar cualquier vida con tal de sacar un poco de su violencia en razón a lo que él quería.

—No nos gustan los forajidos— y señalando suscitó a un hombre muy grande de pie frente a la mesa de billar.

—A mí no me gustan los idiotas y aquí estoy aguantándolos a ustedes— dijo en tono neutro mientras quebraba su botella ya vacía y se ponía de pie frente al gigante.    

Escupió uno de los ojos de la bestia, la cual no se hizo esperar con una derecha que le hizo perder una de sus muelas. Él, sin ningún aprecio por la vida del gigante, arrojó uno tras otro cortes y puñaladas con su botella al pecho y al cuello del sujeto tan grande como oloroso y hasta que no vio la última gota de vida desalojar los ojos de la bestia, no detuvo su furioso ataque. Bañado en sangre, vio como una corte de gigantes se erguía frente a su delgada figura, sintiendo sus cortos años de vida reflejados en ese momento, en esa escena digna del cine barato de domingo por la tarde. Sintió como cada segundo de su vida se resumía en ese preciso momento, donde a diestra y siniestra cortaba piel, atravesaba ojos y golpeaba mejillas. No fue hasta sentir el cuarto o quinto corte y el segundo o tercer botellazo en la cabeza cuando se desplomó como muñeco de trapo inconsciente de las vidas que había apagado solo con su botella y su instinto animal a flor de piel. Dentro de esos pocos segundos de valioso aire que le quedaban, la pudo volver a ver sujetando su mano y prometiéndole que a pesar de que las cosas fueran en picada, ella estaría para él.

Sonriendo cayó en el suelo donde un charco de su sangre y otras sangres le bañaban como agua tibia su mejilla izquierda. Tocando el fondo de ese burdel, tocó el fondo y el fin de su peculiar vida.

Sobre el autor:


Fabián Lievano

@lievanofabian

Tengo 24 años, soy de la ciudad de Bogota donde me desempeño como profesor universitario en temas de ingeniería ambiental; demás, me dedico activamente al Stand Up Comedy donde ya llevo un recorrido de casi un año, alternando esta actividad creativa junto con la escritura de relatos cortos los cuales son un hobbie esporádica en mi vida.

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