Ilustración: Edward Higuera

Texto: Andrés Tamayo

En el Barrio Patio Bonito, ubicado en el sur de Bogotá, Hernando Tamayo, más conocido como Bazualdo, se ganaba la vida en las afueras de un negocio local de prostitutas. Su labor consistía en invitar y sobre todo convencer a los transeúntes que por ahí pasaban para que entraran al negocio y disfrutaran de las atenciones y servicios prestados por parte de las trabajadoras del lugar. El apodo de Bazualdo se lo pusieron por el mismo amor que él dice profesar hacia el bazuco. Bazualdo era un hombre alto, escuálido y huesilargo que siempre vestía sudaderas de colores, zapatillas que hacían juego y gafas oscuras que sin importar la hora jamás se quitaba. La naturaleza de su vida no había puesto sobre su rostro facciones para exhibir un aspecto amable y sonriente, pero por lo general era bastante dado a las trabajadoras del lugar; protegía a las mujeres con un recelo paradójico de hermano mayor, las defendía de borrachines que no querían pagar por el servicio prestado y si era necesario se daba a los golpes con cualquier otro patán que se atreviera a hacerles daño. Una noche de miércoles, por defender a una hermosa trabajadora del lugar, se metió en problemas con un cliente desmovilizado de las AUC y que ahora se dedicaba a la extorsión y el microtráfico. El hombre, sin importarle el rostro angelical de la joven, la llenó de pequeñas heridas en su cara con el filo de una tapa de cerveza. Todo esto con la excusa de que la media hora por sexo acabó y ella no hizo nada extraordinario para él.

Bazualdo, lleno de ira y de bazuco en su sangre, sacó al hombre del negocio a patadas y con un bate de guadua terminó dándole una paliza que todas vieron admiradas; no solo golpeaba con suma violencia, sino también con una mezcla de dolor y amor. Un amor secreto que siempre guardó hacia Mariana, la mujer que defendió como un mosquetero. La policía, que siempre llega tarde a las escenas de sangre y muerte, esa vez llegó de inmediato; como si supieran que uno de los suyos estaba a punto de morir. A punta de bolillo lograron separar a Bazualdo del hombre, quien se incorporó con ayuda de los patrulleros y que a pesar de tener la mayoría de huesos y dientes rotos, le gritó a Bazualdo:

—Estás muerto, malparido, estás muerto…

De camino a la estación de policía, Bazualdo siguió con su rabia de perro matón. Cerró los ojos y poniendo los dedos sobre sus párpados, quiso aprisionar en su cerebro no solo la amenaza de muerte que le gritó el hombre, sino también la pesadilla absurda de estar capturado las próximas veinticuatro horas sin bichas que fumarse: todas se cayeron en la pelea.

Después de cumplir con su sentencia de un día, salió de la estación de policía con golpes y heridas por todo el cuerpo propinadas por los patrulleros. Sin tener hogar a donde ir, se dirigió al único sitio de Bogotá en el que era bien recibido: el puteadero.

Llegó afanado preguntando la hora y, como cualquier otro empleado de nómina, pidió disculpas por dejar el trabajo botado. Carmenza Morera, la administradora y jefe del negocio, lo recibió con una cerveza hecha hielos y dos bichas de bazuco. Después, con dos palmaditas en la espalda y una sonrisa de mamá de nadie, le ordenó retomar su puesto de trabajo. Las trabajadoras del lugar, y sobre todo Mariana, alentaron a Bazualdo para que se marchara del negocio, del barrio y si era posible desapareciera de la misma ciudad. Mariana sabía que la amenaza de muerte por parte del hombre estaba viva y la única opción de salvarse era huir, así que le imploró y le suplicó de todas las formas posibles que se marchara lo más pronto posible.

—Esos cerdos no olvidan, no sea terco. Váyase.

Bazualdo, moviendo la cabeza aprobando un no, respondió:

—Pues que venga y me mate ese hijueputa que yo también tengo manos…

—Valiente marica respondió Mariana.

Pasaron días y noches que se convirtieron en semanas. Bazualdo seguía trabajando afuera del negocio haciendo su labor de heraldo. Las mujeres del local lo miraban como cuando se mira a un muerto dentro del cajón, sabían que era el personaje principal de un entierro; sabían que lo iban a matar, pero no sabían cuándo ni dónde.

Una noche de viernes santo y lluvia escandalosa, Mariana quiso agradecerle al único hombre en la vida que se había atrevido a defenderla y, con el permiso de Carmenza Morera, decidió regalarle una noche de amor. Salió a la calle donde Bazualdo pregonaba a gritos su trabajo, lo tomó de la mano como un niño perdido y lo llevó a un cuarto dentro del negocio, lo acostó en la cama no sin antes tender un juego limpio de sábanas blancas. Sin que el reloj corriera, lo empezó a besar y acariciar con el mismo amor de un amor adolescente, de un amor pendiente que por fin se puede consumir. Sus labios pasaban por todo el cuerpo de Bazualdo, se le montó encima con autoridad y deseo; se restregaban uno al otro, se escuchaban los corazones con miedo a que se pudieran salir del pecho y poco a poco quedaron como nacieron. Le sonrió con picardía a Bazualdo cuando vio asomar su juguete duro y mojado, lo cogió entre las manos y sin ningún afán empezó a chuparlo como si fuera una paleta de agua que refrescara. Subió lentamente, pasándole todo el sabor de su sexo aún con babas, se lo agarró duro y casi como en cámara lenta se lo fue poniendo adentro; cerró los ojos, entreabrió la boca y empezó a gemir de acuerdo a sus movimientos de tigresa enjaulada. Bazualdo solo veía, tocaba y disfrutaba del placer de comer gratis, solo hubo unos segundos en que se distrajo: sin entender por qué; cuando tuvo el orgasmo más placentero de su vida, le llegó a la mente un recuerdo de cuando era niño: un cuadro colgado en la casa de sus abuelos que representaba a Jesús en la última cena. Hicieron el amor, hablaron, rieron, bailaron y Bazualdo le agradeció a Mariana por llevarlo al cielo y lo mejor de todo sin cobrarle un solo peso. Mariana debía volver a su labor como empleada, así que Bazualdo se vistió con la sudadera de colores, se puso sus gafas oscuras, le dio un beso lleno de ternura a Mariana y salió del negocio con una sonrisa de Romeo que jamás nadie había visto. Por primera vez, afuera, siguió trabajando sin el afán terrorífico de querer bazuquear. Estaba feliz pensando en Mariana, trabajaba con más ganas y más amor que nunca, pero toda esa felicidad se transformó en nubosidad y espanto al escuchar unos tiros y solo cuando cayó en el andén comprobó que eran para él. Las trabajadoras despavoridas salieron del negocio y vieron a Bazualdo tirado y desparramando sangre. Mariana, llorando a gritos, se arrodilló junto a él, trató de alzarlo sobre sus piernas y Bazualdo, con ojos de perro abandonado, acercó su boca a la de ella y con su último aliento de vida pronunció:

—Valió la pena, Marianita, valió la pena.

Sobre el autor:


Andrés David Tamayo Duarte

@andrestamayo0827

Nací en Bogotá el 27 de agosto de 1991, mi pasión más grande es los libros, leer me ha salvado la vida en más de una ocasión y solo espero que este relato que hice con todo el corazón, llegue a los lectores de esta revista y pueda dejarles una pequeña huella en cada uno de ellos.

 

 

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