Ilustración: Enrique Zalamea

Texto: Gabriela León 

Un pájaro me mira y me juzga.

Está sentado en ese cable dándole la espalda a un atardecer precioso.

Podría sentarse en cualquier copa de cualquier árbol, pero decidió posarse en el cable que estaba frente a mí.

Un pájaro me mira y me juzga.

Sé que lo hace porque cada vez que mis ojos se aguan voltea su cabeza hacia un lado, odia verme triste y odia verme llorar.

¡Qué poca fortaleza tengo para vivir una realidad que ya había imaginado!

Juzga mi escasez de palabras y mi exceso de lágrimas, también el juego que tiene mi alma en otro lado, pues mi cuerpo carece de ella.

Un pájaro me mira y me juzga.

Sabe lo que estuve pensando ahí adentro.

El miedo que sentía ahí parada, lo mucho que esperaba ver esa línea fatal en el monitor y que fuera la última vez que tuviera que estar frente a esa cama.

Un pájaro me mira y me juzga.

—¡Pájaro no es egoísmo, es amor!— le grito con fuerza mientras el viento ahoga mi voz.

—El amor no es posesión y menos egoísmo, tampoco es eterno, ¿acaso no saben nada de la vida?— responde burlonamente.

Un pájaro me mira y me juzga.

Pues estoy sentada al lado de mi hermano y lo único que se me ocurre decirle es cómo ese pájaro nos juzga y lo mucho que aborrece vernos tristes.

Él no lo entiende, pero finge que lo hace, porque en el fondo prefiere pensar que un pájaro nos juzga antes que luchar contra sus sentimientos.

¿Por qué los enfrentaría? La muerte respira en la nuca de una vejez inminente y el tiempo de evitarla escapó de nuestras manos hace meses, si alguna vez lo tuvimos.

El pájaro sabe que yo sé que me juzga, ya se aburrió de mi espectáculo, no ve las lágrimas suficientes y prefiere volar en busca de otra persona a la que juzgar.

20/09/2021

Han pasado algunos días y el pájaro no ha regresado, ¡qué afortunada me siento!, pero la tranquilidad no me debe dominar. En cualquier momento recibiré la llamada de que todo acabó y él volverá a reírse de mí y juzgará cada movimiento que haga y cada palabra que diga.

Sola, sola no estoy, el pájaro se ha vuelto mi guardián y su sombra es la muerte, cómo desearía frenar por unos segundos el tiempo o por lo menos reducirle la velocidad.

¡Pájaro: necesito más tiempo!

22/09/2021

La llamada llegó de noche y el pájaro no la pudo presenciar, aunque si lo hubiera hecho estaría contento por ver el dolor, la rabia y la tranquilidad que brotaba de mi cuerpo. Drogándome con el viento, desaparecí de la mesa y terminé durmiendo en la cama de un hotel esperando a despertar del sueño/pesadilla que estaba viviendo.

23/09/2021

Hoy el pájaro volvió, pero esta vez no me quiere juzgar.

Me mira pacientemente, esperando a que al fin abra los ojos y vea lo que me rodea.

Me niego a hacerlo, estoy en un avión intentando llegar pronto a mi casa y por eso me resguardo en mi habitación.

Abro los ojos cuando empiezo a sentir mucho calor y a lo lejos escucho una voz que con ternura me dice: “estás muy, muy bonita”.

Maldito pájaro, vuelve solo para destruirme y recordarme lo miserable que es la vida cada segundo.

Por mi nariz empieza a entrar olor a café y mis ojos se encandilan al ver tanta luz. En este momento no soy la mujer de 18 años sentada entre dos personas que viajan desde Medellín a Bogotá con cara de amargados y esperando que todo salga de acuerdo con lo planeado. No. Ahora tengo 10 años y estoy en una finca esperando a que él llegue con caña de azúcar, la misma que me enseñó a comer y cortaba cada vez que iba.

El perro blanco viene corriendo y moviendo su cola porque le emociona verme, mi mamá está limpiándole el chocolate de la cara a mi hermanito en la cocina, de donde sale una hermosa carcajada, y mi papá viene con la cámara para dejar fotografiada la escena de un león fuerte y valiente venir caminando con el machete amarrado a la cintura, caña en la mano y una sonrisa gigante en el rostro.

La felicidad, por fin me pertenecía, era el momento de luz y paz que estaba pidiendo a gritos días atrás. El tiempo se distorsiona hasta que escucho al capitán decir «bienvenidos a Bogotá», llegamos y siento tranquilidad. Volví a tener 18.

Mi calma duró unas cuatro horas, hasta que un taxi me llevó a la sala de velación y, tras subir un montón de escaleras, quedé frente al féretro donde por fin descansaba, él se veía en paz y yo… yo sentía todo menos paz, quería salir corriendo lo más rápido que pudiera para devolverme en el tiempo o por lo menos frenarlo, quería huir y gritar, gritar a los cuatro vientos que Dios es putamente injusto por ponerme en esa situación, por hacerme sentir tanto miedo.

No podía huir, mis piernas no seguían mis órdenes y mi mente me daba las peores ideas; si huía, ¿a dónde iba?, ¿qué me aseguraba que el pájaro de mierda no me iba a seguir para recordarme lo cobarde que fui la primera vez?

24/09/2021

El pájaro estuvo sobrevolando el funeral, se posaba en copas y me observaba, quería que hiciera algo y yo no me podía mover, alejada de todos queriendo atesorar el momento por cinco segundos más.

El ataúd abajo y flores lloviendo, el viento me hizo sentir que ya era el momento de reaccionar y fue cuando el pájaro por fin se fue. Me dejó sola.

Sobre la autora:


Gabriela León Coy

@gaby_leon1208

Gabriela León Coy, estudiante de creación literaria bogotana, interesada en las diversas formas de creación artística y literaria, maquilladora empírica, amante de las cámaras y de hacer vídeos. Movida por la admiración y la pasión por la lucha feminista, tiende a incidir con cada una de sus creaciones en la mentes e idiosincrasia de las personas, le gusta mucho lo paranormal, esotérico, terrorífico y oscuro; al mismo tiempo es amante de la literatura infantil y las princesas. Es fiel creyente de la importancia de la dualidad y multiplicidad del ser humano. 

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