Un cuento de David Rodríguez Gómez
Ilustración: @bluelain
16 de abril, 2024
Ir por los lugares cotidianos puede ser toda una aventura, una osadía, un espacio de tiempo. Santiago Rodriguez ( @gsantgo ) nos propone con su relato “UTC” un viaje por lo cotidiano donde el tiempo presente no se mueve nunca: siempre es presente y las cosas cotidianas son importantísimas. Con un tono personal, íntimo e introspectivo viajamos por eso cotidiano, donde podemos encontrar las cosas inesperadas de la vida.
UTC
Estoy presente en el aeropuerto. Tiempo presente en El Dorado. Dentro de una espacialidad donde hay más tiempos presentes de las personas; otra señora esperando como yo, un niño durmiendo sobre una maleta y un celador parado en diagonal mío. Estoy sentada en la zona de vuelos internacionales frente a la pantalla que muestra los horarios de salida y llegada de los aviones. Voy para Guatemala y me imagino en un tiempo futuro allá, pero es algo que no termino de comprender. No puedo imaginar un tiempo presente. Si tal vez pensara el tiempo dos segundos antes de lo que va a suceder, estaría jugando al azar. Si ahora veo en la pantalla que mi vuelo sale a las 2:45 p.m. y un minuto antes pienso que se va a retrasar por alguna razón y en realidad acontece, estaría apostando por estar en un momento presente esperando que lo que ya había pensado en el pasado pueda ocurrir en lo actual. Pero eso solo funciona si es correcto lo que pensé. Entonces jamás me encuentro en lo actual, en un tiempo estático, porque puedo pensar que este mismo instante en el que veo la pantalla es el presente, pero en realidad es un mecanismo como de escalera eléctrica y estoy en un peldaño metálico pensando que es solo mi tiempo individual el que lo ocupa, mientras en realidad sigue avanzando. Si digo, estoy en el presente la palabra estoy podría salir de mi boca un segundo antes de la palabra presente.
El tiempo no es algo imaginado, tal vez las horas sí tienden a ello. Si imagino algo puedo cambiarlo dentro de mi mente. Pienso en que cuando llegue a Guatemala voy a comer tamal, y luego lo reemplazo por un Kak Ik. Las horas son más reconocibles que imaginadas, por eso no puedo pensarme en el presente. Pero nosotros nos reconocemos por el tiempo. Y mi historia también fluctúa en ese movimiento, como si todo se encerrara allí. Yo no sé si nosotros creamos o en realidad hemos estado sometidos a entender lo impuesto y por ello damos razón a nuestras necesidades. El lenguaje subordina ese entendimiento, nos encadena a la supuesta verdad de que existe un ordenamiento. Dentro de una semana no tendré vacaciones, volveré a este aeropuerto en el que se encerró mi tiempo individual durante el mismo tiempo, como ahorita está encerrado en mi cabeza, aunque en realidad me atraviesa. Y aún peor, en una semana volveré a mi casa donde constantemente se me recuerda que yo avanzo también estando en mi cama acostada. Porque cuando vuelva a estar allí, me daré cuenta (de nuevo) que yo no imagino el tiempo y que en realidad son las tres de la tarde y luego se me olvidará la necesidad de saber la hora. Para que cuando vuelva a mirar al reloj den las tres de la madrugada. Tendré más tiempo para pensar en el tiempo ¡Qué situación tan terrible!
Si le dijera a un anciano que el tiempo es mentira, moriría al instante. Pero no es mentira. Me disculpo, es más real que nosotros mismos. Por lo menos el tiempo puede reconocerse a sí mismo sin pensar en su existencia. Si en este momento me subo al avión mi mente se va a dispersar y olvidaré que existo gracias al tiempo, que me registro por el tiempo. Aunque no creo que debería agradecer, más bien me asusta existir en esa condición. Pareciese que pasa desapercibido, nos deja manipularlo, pero en realidad estamos atados a volver cíclicamente sobre él. Nos vigila, con ojo de mamá que dice ser bruja porque nos conoce más que a nosotros mismos. Y es que podemos atrasar el tiempo o cambiar la hora y creer que existe en nuestra palma una superioridad ingenua que fortalece el autorreconocimiento complaciente de nuestro control. Sin embargo, lo regulamos ¡Un humano controla el tiempo! Un modelo coordinado. Pero los humanos dictaminaron que hay una hora correcta en cada lugar. ¿Cómo podría saber cuándo nació el tiempo? Nace cada momento con nosotros. Eso es suficiente para que no entendamos t-i-e-m-p-o. Lo podemos fracturar mentalmente y se diría que estoy navegando dentro, volviendo a cuando estuve embarazada. Y mi registro no parece importante, en realidad voy a morir y mi hijo también. Y ya la muerte no se convierte en lo único seguro en la vida.
Si le contara a mi hijo que nació prematuramente porque su gemelo es un reloj. Y es un algo, porque si pienso el tiempo como alguien, yo podría ser tiempo. En realidad, encuentro tiempo en todos, pero nosotros creamos la organización del tiempo para nuestra propia consternación. Tan fácil como respirar. Los años de mi hijo son su tiempo, pero constantemente algo se lo debe recordar. ¿El sol?, no, ni la luna ni los días. ¿Una dolania sabe sobre el tiempo? Podría saber más que los humanos, de hecho. Confiamos más en la muñeca que en la dolania.
Si el tiempo es correcto, si quiere, yo llegaría a las 6:00 p.m. a Guatemala. Mi vuelo despega a las 2:45 p. m. Y mientras vuelo hasta allá, el tiempo va a retroceder. Porque cuando sean las 6:00 p. m. allá, serán las 7:00 p.m. acá. Retrocederé en el tiempo. Si el tiempo difiere aquí y en Guatemala, entonces difiere de Nigeria a Camboya. El tiempo no es una mentira, pero si es un mentiroso. Si aquí aún está iluminado y son las nueve de la mañana, por qué no pueden ser las nueve de la mañana en otro lugar, aunque esté de noche. Siento que voy a llorar. Ya no sé si en realidad pienso en el tiempo o si este solo recoge mi experiencia. No quiero olvidar todo lo que pensé.
Entonces mi lagrima escurre todos los pensamientos. Ahora creo que entiendo menos el mundo, o tal vez es mi intento de reconstruirlo. Difícilmente puedo confiar en mí, siento que me deben algo. Pero debería comenzar a pensar de nuevo, mirando a las nubes, sabiendo que yo estoy aquí, moviéndome con ellas.
Sobre el autor:

David Santiago Rodríguez Gómez
Soy Santiago Gómez, tengo 20 años. Estudio literatura en la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Amo escribir. Juego tenis de mesa y no me gusta el brócoli. Mi comida favorita es la pelanga. Actualmente vivo con mi mamá (Luz Gómez), mi papá (Cristian Sanabria) y mi gata Julia. Tuve una fuerte influencia literaria por parte de mi tía (Rocío Gómez), mi mamá y mi abuelo (Silverio Gómez); ese gusto lo he compartido durante toda mi vida con mi primo (Iván Gómez). Escribo cuentos y poemas. Disfruto demasiado ver Freestyle, es mi actividad favorita.





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