Escrito por Mateo Mora (@mateo12312)
Libros y libros: parece un río. Las páginas pasan por miles de ojos y el polvo las ensucia con el viento y con el pasar de la gente. Diez millones de libros como una cifra pequeña, ni se alcanza a aproximar a la importancia del libro como objeto en la actualidad. Sí: se sigue haciendo y leyendo como pan caliente. Sí: representa cultura, capitalismo, trabajo, opresión y libertad; todo concatenado a una constante paradoja donde se desconoce si hay una revolución o un adoctrinamiento de masas.
Libros de mil tipos: infantiles, juveniles, de estudio, teóricos, de cocina, para las madres solitarias que desean hacer una cocción como chefs de primera clase, para los investigadores de las artes, políticos, abogados, gente que desea salir de su realidad como entretenimiento: libros para todos. Qué fortuna la existencia del libro físico ante un panorama donde lo virtual crece a un ritmo de susto; a la vez, qué miedo. Miles de libros representan miles de posibilidades que son leídas (y a la vez no), lo cual implica un daño colateral para el medio ambiente en proceso de extinción por el ser humano. A pesar de todo, la presencia del libro todavía es tan crucial para la actualidad: es el espacio donde la humanidad se refleja desde hace más de dos milenios con todas sus ambivalencias y virtudes.

Qué triste, a la vez, que los libros dejen de existir. La quema del libro representa la violación de una verdad dicha por alguien: el terror de la libertad convertida en privilegio y no derecho. Cuando ocurrió la pérdida de manuscritos en la Biblioteca de Alejandría se sintió ese horror: la negación de unos conocimientos milenarios convertidos en ceniza. O la quema de «libros prohibidos» durante comienzos del Renacimiento o durante el Tercer Reich de la Alemania Nazi. La historia no desconoce, aunque a veces crea esta que es una linealidad, que el libro (aquí me refiero a la palabra hecha materialidad) es la fuerza para unir a las masas para su avance y destrucción en un bucle constante y circular como una serpiente mesoamericana. Evidenciar una Feria del Libro en Bogotá (la versión número 37) es dar cuenta de ello: es la lucha para construir, pero a la vez para adoctrinar.
Desde la forma de la feria, convertida en una tradición decimonónica, da cuenta de ese cruce paradójico de su constante importancia y pérdida. La ciudad capitalina no es la misma de los años ochenta cuando se instituyó el primer evento masivo; basta decir que Corferias se quedó chiquita ante esta ciudad. Tener una feria abre la mirada de la cultura en todas sus dimensiones, pero a la vez la sigue centralizando; sitúa la feria en un centro, cuando esta debería partir de la periferia. Imaginémonos una Feria del Libro con tres sedes principales: una en Corferias, otra en Suba y otra en el sur de la ciudad; esto abriría la perspectiva del libro a una mirada no tan comercial y la ampliaría a una perspectiva social para el barrio.

La Feria, debo decirlo a pesar del cariño que le tengo, ha construido una mirada centralizada de las artes donde se ahonda en el clasismo de esta ciudad. Para eso mejor regresemos a las misas en latín donde la mitad de la población hablaba lengua vernácula: ¡la palabra no manifestada se pierde por un sectarismo de masas! Sí: hay un reto económico de presupuesto. Sí: implica pensarse la ciudad desde otros puntos. Sí: abre la perspectiva, lo digo por experiencia, de permitir más trabajos en una temporada rica de conocimiento y de interculturalidad; clave para una ciudad en constante caos y equilibrio. Son tantos los retos de esta Feria en el presente y futuro de esta ciudad que por ahí radica su (in)utilidad, como sostiene el filósofo Nuccio Ordine. Es decir, la presencia de la Feria es la base de una resistencia popular (que debería ser para todos, todas y todes) donde la importancia del libro (con todas sus connotaciones) permitan una posibilidad de colectividad y de imaginación: un encuentro donde lo cultural tiene un valor más allá de lo monetario.
Libros y libros, miles de ellos, de todos los tipos, de todas las carátulas, con todos los autores, con presencia de la tierra como territorio y naturaleza, sobre España como país invitado de honor, de librerías independientes, académicas, universidades, comerciales. Libros que traen empleadores, libreros, escritores, actores, artistas de diversas ramas, lectores, curiosos, ricos, pobres, de un país lejano, de la parte más alejada del país para presentar su obra prima. Tantas razones para no desperdiciar estas fechas hasta el 11 de mayo: ¡La versión 37 de la Feria Internacional del Libro de Bogotá está abierta! La del futuro, si no se piensa en lo (in)útil que es o que debería llegar a ser, solo será una trampa más de esa idea de imaginación y libertad tan supuesta cuando un niño balbucea palabras.





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