Escrito por Mateo Mora (@mateo12312)
Veinte minutos. Las puertas están a punto de ser abiertas: el bullicio de la gente como un río. Adentro el silencio aparece; quizá pasan algunas risas o unos ligeros murmullos. El camerino lleno de personas vestidas de personajes, maquillaje esparcido por todo lado, comida a medio comer, agua para calentar la voz; algunos gritan, unos pocos realizan calentamiento físico y otros cierran los ojos para relajarse como si la palabra a pronunciarse fuera un embrujo.
Sí. Esa es la sensación corporal a puertas de una muestra que se ha ensayado durante muchos meses. La necesidad de que el cuerpo se convierta en otra cosa solo la entienden los actores. O al menos aquellos que hemos asumido el riesgo innecesario de darlo todo encima de unas tablas creyendo que la vida se encuentra ahí:
en el instante.
El cuerpo necesita transgredir los límites impuestos para poder reconocerse y completarse; esta es la única posibilidad de justificar las atrocidades y bellezas en las que la realidad nos echaría en cara mil cosas. Por eso el teatro es el encuentro para ser otro, para regresar a ser niño, para sanar lo interior; el instante pleno donde el cuerpo se vuelve una masa amorfa que no está dada por los sentidos de la persona sino de un ente (el personaje) que recorrerá por un momento los vericuetos de una ficción —o en los telares enredados de un performance que no consta de una historia, pero sí de una corporalidad—.
El teatro es el arte primigenio de todos: desde que los seres humanos crearon el fuego y hacían rituales. Cada vez me doy cuenta que de ahí desembocó todo: la literatura, las artes plásticas, el cine, la escultura, la música, el diseño de modas. ¡Bendito ritual donde nos encontramos en un espacio para poder construir otro mundo! No es una exageración: este arte le ha apostado a representar los instintos más bajos de los seres humanos (basta mencionar las tragedias griegas o las obras de Shakespeare), pero también las lucideces más grandilocuentes de nuestra inteligencia humana. Para mí ha sido el descubrimiento y la afirmación de que cualquiera, por más poco talento que tenga, puede llegar a lograr convertirse en un personaje totalmente distinto.
Hace poco vi la última puesta en escena de una adaptación de una obra de Andrés Caicedo: “Angelitos empantanados”, hecha por el grupo de teatro de la Universidad Central. Romanticismo, drama, absurdo, locura, muerte y un poco de salsa se vieron representadas por unos cuantos jóvenes que llenan el grupo. Actuaciones impresionantes, otras cortas, otras que brindan preguntas; no importa: el teatro universitario abre la posibilidad para que los miembros reconozcan lo que su cuerpo logra hacer. Esa es su magia: la sensación de que todos hacen algo, de que las limitaciones muchas veces vienen de la propia mente.
¡Esto ha permitido el grupo de teatro de la Central!; con un legado invaluable de su director fallecido en plena pandemia (Tavito, así le decían sus estudiantes de cariño), quien catapultó el nombre de la universidad y de los estudiantes en la ciudad de Bogotá. Puestas en escena galardonadas en ASCUN, actores y actrices con numerosos premios y un perfil artístico que le dio a sus miembros la certeza de que, más allá de la carrera profesional que escogieran, el teatro seguiría siendo parte fundamental de sus vidas: un sentir que les permitía reconocer y exteriorizar sentimientos no detonados durante mucho tiempo.
Tavo (que descanse en paz por siempre) es el espíritu del maestro inmortalizado que llevó el teatro a un hecho sin igual: el de crear cultura teatral en la ciudad. Juan Camilo Ahumada (el actual director del grupo) es ahora el faro que alumbra el camino por el cual muchos hemos logrado reconocer lo que somos (y lo que no somos, ¡bendita dualidad!) a través de los ejercicios de impro, cuerpo y voz que realiza para las puestas en escena. Si el teatro no les da dinero a sus miembros, les brinda alas para transformarse en sujetos que saben reaccionar ante el mundo. Eso (si es que es necesario preguntar en su utilidad) es lo que permite el teatro: adquirir herramientas para enfrentar la vida como una improvisación sin final.
¡Es suficiente!, dentro de poco comenzará la obra. Los nervios, el ego, el miedo y las altas expectativas abundan. Llega el director (quien sea), proclama unas palabras, hace un círculo y de un conteo rítmico se llega al clímax diciendo:
—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!
Decir buena suerte es, en realidad, desear muy mala suerte. Y por eso, con el ritual y la magia de un encuentro que al parecer dura muy poco, el encuentro del teatro se inicia con mitos sacados de otro siglo.




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