Ilustración: Lina moreno
Texto: Gina Lara
Hace años leí un poema de Fabián Casas, titulado Sin llaves y a oscuras. Recuerdo haber quedado con una sensación de desamparo, sordidez y miseria, fácilmente atribuibles a una vida rutinaria, solitaria y de alcances económicos modestos en el centro de una caótica urbe. Esas mismas sensaciones, junto con la necesidad que siempre tengo de saberme sostenida por una cotidianidad que me promete alcanzar mis metas si la mantengo (o bien de salvarme de caer en el aparente sinsentido de la existencia), fueron las que tuve al leer Días Hábiles, la primera novela del escritor Óscar Daniel Campo (Barrancabermeja, Colombia, 1985).
La novela, ganadora del Premio Anne Bonny (2020), está distribuida en cinco partes, como la cantidad de pisos que tiene la casa en la cual vive el Autor (profesor universitario cuyo nombre, pese a ser el personaje principal, no se menciona), que, a su vez, se dividen en apartados. En estos, exceptuando el quinto, los personajes hablan a veces dirigiéndose al lector, otras, al Autor y otras, a sí mismos para rememorar algún fragmento de sus historias individuales o expresar su punto de vista acerca de lo que está sucediendo en el presente del relato. Sea por una perspectiva u otra de la historia, se puede identificar rápidamente a Miriam como la dueña de la casa, a Claudia como el “peluche” y compañera de trabajo del Autor, a Julián como el chico instalador y a Ramiro como el vecino guía de turistas y aspirante a actor de teatro (esta última palabra es clave para descifrar una importante sección del final de la novela).
Centrándome en la experiencia de lectura, debo confesar que al empezar con el primer apartado sentí un recibimiento un tanto hostil por parte del Autor a su mundo. El impacto fue tal que a la hora de hacer anotaciones al margen del libro no comencé escribiendo preguntas como usualmente hago, ni tampoco subrayé demasiadas frases que me llamaran la atención en el cuerpo del texto conforme iba leyendo. Más bien, mi actividad de conversación con el libro (repito, únicamente al inicio) fue tratar de describir al personaje mediante adjetivos medianamente peyorativos. Y, ¿qué escribí? Palabras como distraído, odioso, solitario, dramático y paranoico (por poner aquí las que menos me da vergüenza admitir). Quizá llegué a tener una respuesta más o menos obvia de mi comportamiento defensivo cuando llegué al adjetivo ensimismado. Sin embargo, más interesante fue cuando encontré una anotación hecha en algún cuaderno, que me acompañaba en la lectura en medio del insomnio, que decía: “quiero llegar al punto en el que digo que el narrador es prejuicioso y se autojuzga, y que yo caigo en la trampa de juzgarlo también y de darle palo sin conocerlo bien. Que me pillo esa jugada y que me porto más seria al leer”.
Ingenioso me parece que, y quiero que se tome un poco como nota al pie, en consonancia con el título del libro los capítulos también tengan nombres de la terminología burocrática propia de modelos de divorcio, contratos de trabajo, de arrendamiento, licencias de exhumación y demás papeles que los personajes han tenido que tramitar en algún momento.
Ciertamente, después de determinado número de páginas empieza a decaer el entusiasmo por señalar “defectos” en el Autor (y cabe resaltar que aquel ejercicio no lo volví a hacer, al menos de manera escrita, con ninguno de los personajes). Aun así, es importante destacar que ese cese de actividad criticona se dio por la toma de consciencia del último adjetivo concreto que anoté en el libro: ensimismado. Pareciera que el autor (con minúscula porque ahora me refiero a Óscar Daniel, no al protagonista) estuviera reteniendo al narrador principal con ambas manos, como si fuese un ave, para que no se le escape y no diga cosas que no debe decir apenas arrancando la novela. No obstante, a medida que avanza la trama, las palabras escogidas para los siguientes apartados hacen que el personaje se deslice por las páginas dejando sugerido que lo que realmente necesitaba era entrar en confianza con el lector para no tener miedo de mostrarse ni de mostrar su universo narrativo.
Más adelante interpreté que este Autor (sí, de nuevo el personaje) tiene un papel de “abridor de caminos”. Da la impresión de que valientemente, aunque sin muchas ganas porque es un sujeto ligeramente desganado per se, va situando al lector en un barrio ubicado en una loma del centro de una gran ciudad fría, en una época en el que el teléfono fijo todavía se usaba bastante, en una universidad, en unas calles, en una casa… Los demás personajes principalmente hacen glosas sobre los lugares comunes, describen detalles en los que él no ha reparado o construyen algunos sitios en los que él no ha estado, especialmente, a partir de la memoria de tiempos pasados que no necesariamente fueron mejores.
Esta novela y los personajes se mueven entre el pasado y el presente, entre la luz que atraviesa todos los lugares posibles para habitar y la sombra en la que todos se refugian y finalmente son quienes son (una ambigüedad muy bonita, en mi opinión, la que ofrecen los cortes de luz). El futuro, entendido como la promesa de un nuevo amor, una inversión inteligentísima y afortunada, lo suficientemente poderosa como para sacar a una pareja de la pobreza y de la mediocridad terrateniente, bebés que podrían ser motivo de alegría y de conformación de familias felices, etcétera, se les aparece en la imaginación y nunca se materializa por más que los días y las semanas pasen. El agua, aunque también se suma a lista de servicios por pagar, es un elemento que contrario a garantizar la vida, la diluye; lo que contiene y lo que brota de ella está muerto (o eso es lo que me hace pensar la pequeña descripción que acompaña los primeros tres capítulos y un gran tramo que precede al desenlace).
Cierro no sin antes decir que esta novela, con una fuerza similar a Memorias por correspondecia (epigrafeada en el libro), fue una lectura que tocó mis más profundas fibras bogotanas; me reconocí tanto en el silencio de las casas, apartamentos y habitaciones como en muchos paisajes capitalinos; me vi corriendo por la Quinta, la Décima y las lomas del centro, mientras huía del peligro, la oscuridad y la soledad. Curiosamente, al igual que el Autor, también tuve la oportunidad de ser amiga de mis vecinos de inquilinato, ayudarlos y apoyarlos en momentos clave de sus vidas y, ¡sí!, hasta traguitos me tomé con ellos y borracheras han quedado en la mente como testimonio de una convivencia fortuita pero llevadera. Los invito, sin más, a leer este libro publicado por La Marca Negra Ediciones (pero, ojalá, no en días hábiles porque esta novela se presta más para un finde relajado en casa) y los animo a interpelarme con dudas, quejas, reclamos, sugerencias, felicitaciones y comentarios acerca de lo que en este texto yace y, obviamente, a que me cuenten cuál fue su experiencia de lectura con la novela.





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